Chica en la Biblioteca
Es de esas situaciones que aparece en ocasiones en películas y libros, en la que en un momento determinado te encuentras a una chica preciosa estudiando en la biblioteca, porque no nos engañemos, normalmente van a estudiar, la biblioteca como lugar de consulta y lectura va muriendo poco a poco. La cosa es que estás tú tan tranquilamente leyendo o estudiando, como el resto de las veinte mil veces anteriores y de repente ves aparecer por la entrada a un ser tan hermoso que hasta te duele la vista, con una larga y reluciente cabellera, unos profundos ojos iridiscentes que invitan a perderse en ellos, unos andares firmes y seductores y un aura de puro misticismo.
Ese misticismo que evoca quien te hace sentir que no es como los demás, que provoca que te fijes irresistiblemente en ella obviando todo lo demás. Ya no vas a poder concentrarte más, y lo sabes, ahora toda tu mente está ocupada por ella, y lo estará mucho después de que se halla marchado; te sientes dichoso de tener un encuentro así pero a la vez triste por saber que muy probablemente no vuelvas a verla nunca, y eso da paso a la melancolía, del "tendría que haberle hablado" o "me hubiera encantado conocerla", y el arrepentimiento que esto mismo conlleva.
La cosa es que ahí estás tú, observándola tímidamente y con la precaución de que nadie lo note mientras ella inocentemente continúa a lo suyo, embelesado o bajo un fuerte hechizo. Y el tiempo pasa, las horas corren y sigues como un pasmarote imaginando lo que sería estar con ella, conocerla y compartir momentos juntos. Es en este punto cuando alguien te diría eso de: "¡vamos pasmarote, haz algo!" Pero sabemos que no es tan fácil, porque ojalá socializar fuera cosa de ir directamente y hablar las cosas, ojalá.
Al final te estampas contra la realidad, que muchas veces no es tan bonita, no es como nuestros deseos querrían que fuera, y vuelves a casa como cualquier otro día más de tu vida, sintiéndote desdichado.
Y para no dejar un mal sabor de boca, aquí os dejo algo relacionado con el tema para que echéis unas risas > AQUÍ
Ese misticismo que evoca quien te hace sentir que no es como los demás, que provoca que te fijes irresistiblemente en ella obviando todo lo demás. Ya no vas a poder concentrarte más, y lo sabes, ahora toda tu mente está ocupada por ella, y lo estará mucho después de que se halla marchado; te sientes dichoso de tener un encuentro así pero a la vez triste por saber que muy probablemente no vuelvas a verla nunca, y eso da paso a la melancolía, del "tendría que haberle hablado" o "me hubiera encantado conocerla", y el arrepentimiento que esto mismo conlleva.
La cosa es que ahí estás tú, observándola tímidamente y con la precaución de que nadie lo note mientras ella inocentemente continúa a lo suyo, embelesado o bajo un fuerte hechizo. Y el tiempo pasa, las horas corren y sigues como un pasmarote imaginando lo que sería estar con ella, conocerla y compartir momentos juntos. Es en este punto cuando alguien te diría eso de: "¡vamos pasmarote, haz algo!" Pero sabemos que no es tan fácil, porque ojalá socializar fuera cosa de ir directamente y hablar las cosas, ojalá.
Al final te estampas contra la realidad, que muchas veces no es tan bonita, no es como nuestros deseos querrían que fuera, y vuelves a casa como cualquier otro día más de tu vida, sintiéndote desdichado.
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